El tercer sueño de la noche es desconcertante. Camino por el corredor que lleva hacia la oficina donde trabajo e inesperadamente me encuentro con mi papá. Esa casualidad me llena de alegría. Lo invito a que conozca la oficina, lo que hago, la gente con la que me relaciono. En ese momento entra mi jefe, y siento la necesidad de presentárselo a mi papá. Siento que sería apropiado que mi jefe le contara lo buen empleado que he sido; y a la vez mi papá hablara de todas mis capacidades. Se saludan con un abrazo, y comienzan a hablar de golf y de la vida social que encierra el club del que son miembros. Están juntos y conversan.
Hora de almuerzo, salgo a encontrarme con mi mamá, como si hubiéramos tenido una cita previa. Vamos a un restaurante cercano y ordenamos lo que vamos a comer. Llega el mesero con el pedido, pero sirve un puesto de más. Me pregunto a mí mismo el porqué. Al rato llega mi papá de nuevo y se sienta. Mi mamá, que no lo ve hace años se siente incómoda y quiere esconderse, pero él le dice que no lo haga; que no hay necesidad de hacerlo. Quiere compartir ese momento con nosotros y dejar atrás todos los rencores. Despierto.
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